miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mirando al techo...


Los días que pasaban para Hugo me resultaban familiares, eran de esos que nos tocan a todos (algunos dirán que son los suyos de siempre), cuando nos excusamos en buscarnos a nosotros mismos, cuando nos creemos capaces de vivir bajo las normas de una «misantropía distópica» de cosecha propia, o con alguna patraña parecida, mientras dedicamos nuestros esfuerzos a cultivar lo poco que hay en este mundo que nos hace seguir lejos de la falsa cordura y la supuesta lucidez que rigen nuestras vidas, o lo intentan, dominándonos.
Una época de abandono de lo terrenal, de abstraerse al espíritu, de escuchar a Bach y dejar que sus suites nos llevasen a dormir más allá del infierno, alejados del olimpo de los dioses olvidados; de habitaciones nevadas de ceniza, acribilladas con casquillos de latas de cerveza; de paredes resquebrajadas y amarillentas por el humo de toda la yerba que dentro de ellas se fumaba. Días de lecturas provechosas y reconfortantes; de Huxley y su aristocracia, de Cortázar y su nostalgia bipolar, de Hesse y su soledad cautivadora; de creación literaria exquisita e inagotable, de encontrar inspiración hasta en las naranjas; y días de reflexiones en las que criticábamos todo lo que veíamos y oíamos, lo que recordábamos y lo que no habíamos podido olvidar; reflexiones que a pesar de ser poco productivas entrenaban nuestra imaginación con las fantasías que las situaciones recordadas evocaban.
Estar viviendo en sitios así no era simple casualidad, todos pasamos por ello y por motivos concretos. Esos motivos por los que sufriremos hasta la muerte, ocultándolos nos dejamos llevar por esta espiral arrolladora dirigida hacia la nada, hacia la amnesia cósmica; nos dejamos llevar por esto a lo que los positivistas aún llaman vida, disfrazando la angustia y el dolor de los constantes recuerdos con muecas que remedan sonrisas y alegrías, como si no fuesen esos recuerdos el único tormento al que somos incapaces de apaciguar, la angustiosa y caótica causa de nuestra miseria.

martes, 22 de diciembre de 2009

Café y simpleza para desayunar.


Te soñé y venías. Me desperté sin sueño y con las ganas de siempre de no hacer nada, recordando mis vidas pasadas. Esperaba a que se enfriara mi café mirando por la ventana.
Los puestos del mercado que se levantaba todas las semanas en la plaza de enfrente llevaban horas despiertos, ofreciendo frutas sin madurar y hortalizas engusanadas a la gente que tal vez por la desesperación de su pobreza no tuviera un mejor sitio en el que comprarse la supervivencia. También tenían de esas prendas que tú te pones, tan baratas e imposibles de combinar sus colores y sus formas entre ellas, lo cual te fascinaba.
Yo veía a las naranjas y las uvas pasar frío, bañadas por la suave y eterna lluvia de este maloliente mediodía, pero tu no estabas.
La poca gente que aún quedaba se paseaba entre las chaquetas, las camisas y los tomates, vagaban, parecían perder el tiempo, buscando excusas para no atormentarse con pensamientos superfluos, existenciales. Pero tu no estabas, miré mil veces a cada sitio, a cada tienda, a cada rostro y ninguno era el tuyo.
Los vendedores ya recogen, sus camiones arrancan y se golpean entre ellos o contra otros automóviles más pequeños y con menos suerte, las cajas y el género con el que sobreviven estos agricultores mercenarios regresan a los compartimentos de las viejas furgonetas, algunos restos se pierden y se olvidan en el suelo.
La jornada ha acabado, todos vuelven a sus casas. La ropa se podrá vender otro día, las frutas y verduras se pudrirán y volverán a ser tierra.
Pero, ¿Y tú, volverás a pasarte por aquí, a traerme esa alegría que te llevaste junto a las frutas y las hortalizas con las que pensabas ahogar el hambre un día tan repulsivo como este, hace un año?.
Llegan los que limpiarán el desorden, y yo volveré a mi tarea; mi sucedáneo de nostalgia, ese que tanto odiabas y que jamás perderé.