domingo, 10 de enero de 2010

Soy un ave rapaz

Quisiera extender mis alas ante ustedes y que vieran lo lejos que soy capaz de llegar, hacia arriba por encima del olvido; y caer en picado estrellándome contra el suelo para salpicar con mi sangre cada uno de sus rostros y sus espíritus, que tuvieran que escupirme de sus bocas, a mí y a mis desvaríos, a mis palabras, aunque fuera por un segundo o menos; y que me viesen sonreír para ustedes, desde el suelo y hacia el cielo, riéndome de lo difícil que fue el viaje hacia la conquista de mi propia corona, mi vuelta a una tierra prometida jamás esperada y pocas veces imaginada, y la facilidad con que ahora me deshago bajo el sol y aún más bajo la lluvia, porque no desapareceré de este infierno sin ser purificado una vez más bajo las aguas de la vida, aguas que nos devuelven a lo finito, a lo que debemos de llamar realidad para no perder la cordura...

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mirando al techo...


Los días que pasaban para Hugo me resultaban familiares, eran de esos que nos tocan a todos (algunos dirán que son los suyos de siempre), cuando nos excusamos en buscarnos a nosotros mismos, cuando nos creemos capaces de vivir bajo las normas de una «misantropía distópica» de cosecha propia, o con alguna patraña parecida, mientras dedicamos nuestros esfuerzos a cultivar lo poco que hay en este mundo que nos hace seguir lejos de la falsa cordura y la supuesta lucidez que rigen nuestras vidas, o lo intentan, dominándonos.
Una época de abandono de lo terrenal, de abstraerse al espíritu, de escuchar a Bach y dejar que sus suites nos llevasen a dormir más allá del infierno, alejados del olimpo de los dioses olvidados; de habitaciones nevadas de ceniza, acribilladas con casquillos de latas de cerveza; de paredes resquebrajadas y amarillentas por el humo de toda la yerba que dentro de ellas se fumaba. Días de lecturas provechosas y reconfortantes; de Huxley y su aristocracia, de Cortázar y su nostalgia bipolar, de Hesse y su soledad cautivadora; de creación literaria exquisita e inagotable, de encontrar inspiración hasta en las naranjas; y días de reflexiones en las que criticábamos todo lo que veíamos y oíamos, lo que recordábamos y lo que no habíamos podido olvidar; reflexiones que a pesar de ser poco productivas entrenaban nuestra imaginación con las fantasías que las situaciones recordadas evocaban.
Estar viviendo en sitios así no era simple casualidad, todos pasamos por ello y por motivos concretos. Esos motivos por los que sufriremos hasta la muerte, ocultándolos nos dejamos llevar por esta espiral arrolladora dirigida hacia la nada, hacia la amnesia cósmica; nos dejamos llevar por esto a lo que los positivistas aún llaman vida, disfrazando la angustia y el dolor de los constantes recuerdos con muecas que remedan sonrisas y alegrías, como si no fuesen esos recuerdos el único tormento al que somos incapaces de apaciguar, la angustiosa y caótica causa de nuestra miseria.

martes, 22 de diciembre de 2009

Café y simpleza para desayunar.


Te soñé y venías. Me desperté sin sueño y con las ganas de siempre de no hacer nada, recordando mis vidas pasadas. Esperaba a que se enfriara mi café mirando por la ventana.
Los puestos del mercado que se levantaba todas las semanas en la plaza de enfrente llevaban horas despiertos, ofreciendo frutas sin madurar y hortalizas engusanadas a la gente que tal vez por la desesperación de su pobreza no tuviera un mejor sitio en el que comprarse la supervivencia. También tenían de esas prendas que tú te pones, tan baratas e imposibles de combinar sus colores y sus formas entre ellas, lo cual te fascinaba.
Yo veía a las naranjas y las uvas pasar frío, bañadas por la suave y eterna lluvia de este maloliente mediodía, pero tu no estabas.
La poca gente que aún quedaba se paseaba entre las chaquetas, las camisas y los tomates, vagaban, parecían perder el tiempo, buscando excusas para no atormentarse con pensamientos superfluos, existenciales. Pero tu no estabas, miré mil veces a cada sitio, a cada tienda, a cada rostro y ninguno era el tuyo.
Los vendedores ya recogen, sus camiones arrancan y se golpean entre ellos o contra otros automóviles más pequeños y con menos suerte, las cajas y el género con el que sobreviven estos agricultores mercenarios regresan a los compartimentos de las viejas furgonetas, algunos restos se pierden y se olvidan en el suelo.
La jornada ha acabado, todos vuelven a sus casas. La ropa se podrá vender otro día, las frutas y verduras se pudrirán y volverán a ser tierra.
Pero, ¿Y tú, volverás a pasarte por aquí, a traerme esa alegría que te llevaste junto a las frutas y las hortalizas con las que pensabas ahogar el hambre un día tan repulsivo como este, hace un año?.
Llegan los que limpiarán el desorden, y yo volveré a mi tarea; mi sucedáneo de nostalgia, ese que tanto odiabas y que jamás perderé.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Un día más para Hugo, un día menos para Hugo.

Voces de todo tipo, asperas y dulces, graves y agudas, gritos y llantos, risas y reprimendas. Era domingo y la plaza hacia la que estaba orientada la ventana de su dormitorio estaba plagada de personas, todos los que, como su dios y señor había ordenado, descansaban al séptimo día. Era verano y los bares que aprovechaban el espacio de la plaza estaban a reventar. Los viejos se tomaban un café, un orujo o un té, mientras sus hijos comían hasta saciarse y bebían cervezas, whisky y ron mezclados con todo tipo de refrescos gaseosos, y los hijos de sus hijos corrían, saltaban y no paraban de reírse, enfrascados en distintos y muy inocentes juegos, los pocos juegos que habían podido aprender a lo largo de sus cortas vidas.
Hugo se levantó de la cama, se vistió y acercándose a la ventana, subió la persiana y asomó la cabeza hacia fuera, algunos rostros se giraron hacia él; los que más se aburrían y esperaban encontrar una distracción, y con suerte algo de diversión con algún personaje peculiar o extravagante que atravesase su ángulos visual, en el fondo no les importaba, solo suplicaban una excusa para dejar de pensar en "lo de siempre" . A Hugo se le abrió el apetito al ver los exquisitos platos de las elegantes mesas de los bares típicos madrileños, servidos a unos comensales tan exclusivos como expertos en degustaciones culinarias.
Después de pasar por el cuarto de baño, decidió comer en un restaurante chino bastante habitual en su dieta. Salió de su casa y echo a andar por las calles poco pobladas de su barrio, sin prestar atención a nada de lo que le rodeaba.
Al llegar al restaurante, no le importó el sofocante calor que había dentro y se sintió aliviado al ver que casi vacío, el bar parecía dormir dentro de una burbuja de calma tántrica, ayudaba la música chill-out que sonaba a un volumen apaciguador. Pidió una cerveza y prendió un cigarrillo mientras la esperaba. Viendo el menú, optó por la ensalada con gambas de siempre, y el cerdo agridulce de las últimas visitas, apuró la cerveza mientras llegaba el primer plato, y pidió otra.
Comió con lentitud, saboreando la comida y la bebida, mientras escuchaba de fondo, por encima de la música, algunas historias que intercambiaban las pocas personas que estaban comiendo allí a esa hora. Historias normales y corrientes, sobre viajes con compañeros de estudios, problemas amorosos y de vez en cuando observaciones atrevidamente filosóficas, para lo superfluo de sus diálogos. Hugo escuchaba y sin criticar, analizaba lo que alcanzaba a oír, esperando encontrar una frase rompedora, una frase con un contenido tan profundo que nadie de los que estaban allí excepto él fuese capaz de comprender, que le inspirase por fin para cumplir su sueño de ser escritor. Acabó toda la comida y la cerveza, pidió un café y prendió otro cigarrillo, la frase no llegó. Se levantó de la mesa, pagó y volvió a su casa, pensando en lo poco inspiradora que es la gente normalmente, tal vez debería crear él mismo las situaciones en los momentos adecuados para inspirarse, quién sabe. Pensando en esto, puso en el reproductor un disco al azar y se tumbó en la cama, ¿en qué distante y misterioso rincón de su vida podría estar escondiéndose esa inspiración que tanto deseaba que le llegase?. Sonaba el disco Numb, de Portishead, y Hugo empezó a caer en un trance embriagador de pensamientos incoherentes, imágenes desenfocadas; paisajes de fuego y cenizas, criaturas amorfas que se arrastraban por el suelo sobre babas viscosas de tonos indefinidos, implorando dejar de ser...

sábado, 5 de septiembre de 2009

Sobre Ende y sus historias sin fin.


¿Quién no se ha leído La historia interminable, de Michael Ende? Para quien lo haya hecho, sobra cualquier comentario, resumen, análisis o crítica... Ya que no hay palabras para describir el encanto que hace que leer esta novela sea una aventura (casi tan fantástica como las que se narran en ella), y menos aún para darle cualquier otro calificativo que no sea el de obra maestra. Aquí no voy a hacer un resumen del argumento principal del libro, simplemente compartiré la impresión que ha causado en mí; además de dejarme maravillado con la profesionalidad del estilo con que está escrito y la sensación de estar "leyendo cuadros", (permitiéndome la curiosa expresión) con la que este libro nos deja, lo que más me ha impactado es toda la filosofía que hay en cada una de las historias que nos narra, todo el que lo haya leído sabrá de lo que hablo. Y quien no lo haya hecho, espero que lo haga cuanto antes, pues no se arrepentirá.

Muchos dirán que "La historia interminable" no sea más que un libro infantil, escrito para entretener, divertir e incluso hacer soñar a los más pequeños; estos tienen toda la razón y no la tienen. La historia interminable es una novela capaz de enganchar a cualquier tipo de lector, sin importar edad, sexo, ideología, etc. Es un viaje a través de la historia del hombre, pero no a través de sus guerras o sus derrotas, ni de sus imperios o sus líderes y menos aún de sus avances tecnológicos o su manía de ponerle precio a todo cuanto ve, escucha, siente, huele o degusta. No. La historia interminable es un viaje a través de los sueños de los hombres, de sus fantasías, de sus deseos, de sus miedos, de sus ansías por tener una historia propia y única. Vivir la vida a nuestra manera, ¿no es eso lo que todos queremos? Y que esté teóricamente orientada a un público infantil y/o juvenil, bajo mi punto de vista, es un llamamiento de parte de Ende, para todos los que nos aventuremos a leerle, a que volvamos a ser niños, a soñar sin miedo y a buscar esas cosas en la vida que nos harán sacarle el máximo provecho, en cualquier sentido, somos nosotros los que elegimos lo que obtenemos de ella, al menos hasta cierto punto. Recuperar lo más valioso que teníamos de niños, en La Historia Interminable Ende nos invita a dejarnos llevar por los caudales infinitos de la imaginación del hombre, como una sinfonía de fantasías, capaz de despertar en nosotros ansias de cambios, capaz de volvernos capaces de volver a desear, como lo hacíamos hace años, e intentar volver a creer, con la inocencia que nuestro entorno nos ha robado a a lo largo de nuestra vida.

Ende por medio de sus elocuentes historias, interconectadas por la voluntad de Bastián (todas las historias que vive surgen a través de los deseos que se van formulando en su mente a lo largo de su estancia en Fantasía) y llenas de personajes poco menos que inverosímiles, nos invita a concienciarnos sobre nosotros mismos y nuestro poder como los únicos animales razonables de la tierra.

¿Somos capaces de saber lo que realmente queremos y desearlo con tantas fuerzas que, aunque suponga un esfuerzo casi inhumano, podamos luchar contra cualquier cosa para conseguirlo? ¿Nuestros mas profundos deseos deben cumplirse sin tener en cuenta sus consecuencias, o más aún, sin tener en cuenta la naturaleza de la que proceden dichos deseos? ¿Existen el bien y el mal? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar y qué cosas estamos dispuestos a sacrificar por conseguir lo que realmente queremos?: He ahí algunas de las cuestiones más importantes que se plantean leyendo esta magnífica novela, y he aquí una pequeña muestra, para aquellos que no hayan tenido todavía ocasión de leerla y quieran darse cuenta realmente de lo necesario que es hacerlo, para cualquier lector.


Muchos días y muchas noches fue Bastián huésped de la Muerte Multicolor y se hicieron amigos. Pasaron muchas horas en el desierto, entregados a juegos salvajes.
Bastián se escondía entre las dunas de arena, pero Graógraman lo encontraba siempre.
Hicieron apuestas sobre quién corría más, pero el león era mil veces más rápido. Hasta lucharon entre sí para divertirse, se enzarzaron y pelearon... y en eso Bastián lo igualaba. Aunque, naturalmente, sólo se trataba de un juego. Graógraman tenía que emplear todas sus fuerzas para estar a la altura del muchacho. Ninguno de los dos podía vencer al otro.

Un día, después de haber estado alborotando, Bastián se sentó, un poco sin aliento, y preguntó:

-¿No podría quedarme siempre contigo?

El león sacudió la melena.

-No, señor.

-¿Por qué no?

-Aquí sólo hay vida y muerte, sólo Perelín y Goab, pero no hay historias. Y tú tienes que vivir tu propia historia. No debes quedarte aquí.

-Pero, ¡si no puedo marcharme! -dijo Bastián-. El desierto es demasiado grande para que nadie pueda salir de él. Y tú no puedes llevarme, porque llevas el desierto contigo.

-Los caminos de Fantasia -dijo Graógraman- sólo puedes encontrarlos con tus deseos. Y sólo puedes ir de un deseo a otro. Lo que no deseas te resulta inalcanzable. Eso es lo que significan aquí las palabras «cerca» y «lejos». Y tampoco basta con querer marcharse de un lugar. Tienes que querer ir a otro. Tienes que dejarte llevar por tus deseos.

-Pero si yo no deseo marcharme... -respondió Bastián.

-Tendrás que encontrar tu próximo deseo -contestó Graógraman casi serio.

-Y si lo encuentro -preguntó Bastián-, ¿cómo podré marcharme de aquí?

-Escucha, señor -dijo en voz baja Graógraman-: hay en Fantasía un lugar que conduce a todas partes y al que puede llegarse desde todas. Ese lugar se llama el Templo de las Mil Puertas. Nadie lo ha visto nunca por fuera, porque no tiene exterior. Su interior sin embargo, está formado por un laberinto de puertas. El que quiera conocerlo, tiene que atreverse a entrar.

-¿Cómo es posible, si uno no puede acercarse por fuera?

-Cada puerta -prosiguió el león-, cada puerta de Fantasía entera, hasta una puerta completamente corriente de establo o de cocina, incluso la puerta de un armario, puede ser, en un momento determinado, la puerta de entrada al Templo de las Mil Puertas. Si el momento pasa, la puerta vuelve a ser lo que era. Por eso nadie puede entrar una segunda vez por la misma puerta. Y ninguna de las mil puertas conduce otra vez al lugar de dónde se vino. No hay vuelta atrás.

-Pero, cuando se está dentro, ¿se puede salir otra vez a alguna parte?

-Sí -respondió el león-, pero no es tan fácil como en las casas corrientes. Porque a través del laberinto de las mil puertas sólo puede guiarte un deseo auténtico. Quien no lo tiene ha de vagar por el laberinto hasta que sabe lo que desea. Y a veces hace falta mucho tiempo para eso.

-¿Y cómo se puede encontrar la puerta de entrada?

-Hay que desearlo.

Bastián meditó largo tiempo y dijo luego:

-Es extraño que no se pueda desear simplemente lo que se quiere. ¿De dónde vienen realmente los deseos? ¿Y qué es eso, un deseo?

Graógraman miró al muchacho con los ojos muy abiertos, pero no respondió.

Unos días más tarde, tuvieron otra vez una conversación muy importante.

Bastián le enseñó al león la inscripción del reverso de la Alhaja.

-¿Qué significa? -preguntó-. «HAZ LO QUE QUIERAS.» Eso quiere decir que puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no crees?

El rostro de Graógraman pareció de pronto terriblemente serio y sus ojos comenzaron a arder.

-No -dijo con voz profunda y retumbante-. Quiere decir que debes hacer tu Verdadera Voluntad. Y no hay nada más difícil.

-¿Mi Verdadera Voluntad? -repitió Bastián impresionado-. ¿Qué es eso?

-Es tu secreto más profundo, que no conoces.

-¿Cómo puedo descubrirlo entonces?

-Siguiendo el camino de los deseos, de uno a otro, hasta llegar al último. Ese camino te conducirá a tu Verdadera Voluntad.

-No me parece muy difícil -opinó Bastián.

-Es el más peligroso de todos los caminos -dijo el león.

-¿Por qué? -preguntó Bastián-. Yo no tengo miedo.

-No se trata de eso -retumbó Graógraman-. Ese camino exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre.

-¿Quieres decir que no siempre son buenos los deseos que se tienen? -trató de averiguar Bastián.

El león azotó con la cola la arena en que estaba echado. Agachó las orejas, frunció el hocico y sus ojos despidieron fuego. Bastián se agachó involuntariamente cuando Graógraman, con una voz que hizo vibrar nuevamente el suelo, dijo:

-¡Qué sabes tú lo que son deseos! ¡Qué sabes tú lo que es o no es bueno!

Bastián pensó mucho al día siguiente en todo lo que la Muerte Multicolor le había dicho. Sin embargo, muchas cosas no se pueden averiguar pensando: hay que vivirlas. Y por eso sólo mucho más tarde, cuando había vivido mucho, recordó las palabras de Graógraman y empezó a comprenderlas.

En aquella época se produjo otra vez una transformación en Bastián. A todos los dones que había recibido desde su encuentro con la Hija de la Luna se había añadido ahora el valor. Y, como cada vez, también ésta había perdido algo a cambio: concretamente, el recuerdo de su pusilanimidad anterior. Como no temía ya nada, comenzó a tomar forma en él, imperceptiblemente al principio pero con más claridad cada vez, un nuevo deseo. No quería seguir solo. Porque también con la Muerte Multicolor estaba, en cierto sentido, solo. Quería demostrar sus cualidades a otros, quería ser admirado y hacerse famoso.Y una noche, mientras contemplaba otra vez el crecimiento de Perelín, sintió de pronto que era la última vez, que debía despedirse de la magnificencia de la Selva Nocturna. Una voz interior lo llamaba lejos de allí.

Echó una última mirada sobre la ardiente riqueza de colores y bajó luego a la cueva sepulcral de Graógraman y se sentó en las tinieblas sobre los escalones. No hubiera podido decir qué esperaba, pero sabía que aquella noche no debía acostarse.

Sin embargo, mientras estaba sentado se quedó sin duda adormecido, porque de pronto se sobresaltó como si alguien lo hubiera llamado por su nombre.

La puerta que daba a la alcoba se había abierto. Por la rendija entraba una larga franja de luz roja a través de la cueva oscura.

Bastián se levantó. ¿Se habría cambiado la puerta en aquel instante en la entrada del Templo de las Mil Puertas? Indeciso, se dirigió hacia la abertura e intentó mirar por ella. No pudo reconocer nada. Luego, la rendija comenzó a cerrarse de nuevo lentamente. ¡Pronto desaparecería la única oportunidad de pasar al otro lado!

Se volvió una vez más hacia Graógraman que, inmóvil y con muertos ojos de piedra, estaba sobre su pedestal. La rendija de luz de la puerta caía precisamente sobre él.

-¡Adios Graógraman, y gracias por todo! -dijo Bastián en voz baja-. Volveré. Seguro que volveré.

Luego se deslizó por la abertura de la puerta, que inmediatamente se cerró tras él.

Bastián no sabía que no cumpliría su promesa. Mucho, sólo muchísimo tiempo después vendría alguien en su nombre y la cumpliría por él.

Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.


*También os recomiendo "El espejo en el espejo" y "La prisión de la libertad" ambos libros de cuentos.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Empezar porque sí...

Aquí estoy muchachos, con la brillante, apasionante, gloriosa, histórica y más que original idea de hacerme un blog (pueden ustedes ahorrarse los aplausos y, más aún, las risas).
La idea nació del aburrimiento, como cualquier idea que pueda venirme a mí, y supongo que a la mayoría, pues cuando no se tiene nada qué hacer, se buscan alternativas.
Mientras escribo esta especie de introducción, además de dar un par de caladas esporádicas al canuto de marihuana que me espera impaciente, y yace en un cenicero de cristal. Además de fijarme en cómo el humo del extremo ardiente del canuto va desapareciendo lentamente, segundo a segundo, además de fijarme en que ya no noto el aroma de la yerba quemándose envuelta en una fina capa de papel de arroz; hablo a través de la red con una buena amiga. El msn nos libera de la monotonía de las noches. Cuando has tenido demasiado tiempo a lo largo del día para leer o dormir, para hablar con los más cercanos o para dedicarte tiempo a ti mismo, cuando has follado y te encuentras satisfecho o estas tan deprimido que no puedes pensar en nada parecido al placer; el msn es una opción. Y no estoy diciendo la única, seguramente hay gente que pasa estos ratos haciendo cosas más divertidas o productivas.
Esto lo digo solo para justificar el tener un blog, el aburrimiento y esas ganas que tengo dentro de mí, y que cada día son más fuertes, de comunicarme con otras personas y de la forma más sincera posible ("He aquí a un soñador") .Hace algún tiempo creé un blog, por curiosidad, y nunca lo utilicé. Desde entonces he pensando muchas veces en empezar uno "en serio", pero no estaba seguro de si sería capaz de escribir algo y publicarlo. ¡Hoy es el gran día! (Las risas deben seguir ahorrándose, ya vendrán entradas divertidas)
Esto es todo, de momento, el canuto esta muriendo y estos bebés no se lian solos (tiempo de risas, por cierto). Pensaré en algo original para subir y entreteneros, o para daros excusas para meteros conmigo... Nada es verdad y todo esta permitido.
Hasta la próxima.