martes, 22 de diciembre de 2009

Café y simpleza para desayunar.


Te soñé y venías. Me desperté sin sueño y con las ganas de siempre de no hacer nada, recordando mis vidas pasadas. Esperaba a que se enfriara mi café mirando por la ventana.
Los puestos del mercado que se levantaba todas las semanas en la plaza de enfrente llevaban horas despiertos, ofreciendo frutas sin madurar y hortalizas engusanadas a la gente que tal vez por la desesperación de su pobreza no tuviera un mejor sitio en el que comprarse la supervivencia. También tenían de esas prendas que tú te pones, tan baratas e imposibles de combinar sus colores y sus formas entre ellas, lo cual te fascinaba.
Yo veía a las naranjas y las uvas pasar frío, bañadas por la suave y eterna lluvia de este maloliente mediodía, pero tu no estabas.
La poca gente que aún quedaba se paseaba entre las chaquetas, las camisas y los tomates, vagaban, parecían perder el tiempo, buscando excusas para no atormentarse con pensamientos superfluos, existenciales. Pero tu no estabas, miré mil veces a cada sitio, a cada tienda, a cada rostro y ninguno era el tuyo.
Los vendedores ya recogen, sus camiones arrancan y se golpean entre ellos o contra otros automóviles más pequeños y con menos suerte, las cajas y el género con el que sobreviven estos agricultores mercenarios regresan a los compartimentos de las viejas furgonetas, algunos restos se pierden y se olvidan en el suelo.
La jornada ha acabado, todos vuelven a sus casas. La ropa se podrá vender otro día, las frutas y verduras se pudrirán y volverán a ser tierra.
Pero, ¿Y tú, volverás a pasarte por aquí, a traerme esa alegría que te llevaste junto a las frutas y las hortalizas con las que pensabas ahogar el hambre un día tan repulsivo como este, hace un año?.
Llegan los que limpiarán el desorden, y yo volveré a mi tarea; mi sucedáneo de nostalgia, ese que tanto odiabas y que jamás perderé.

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