jueves, 10 de septiembre de 2009

Un día más para Hugo, un día menos para Hugo.

Voces de todo tipo, asperas y dulces, graves y agudas, gritos y llantos, risas y reprimendas. Era domingo y la plaza hacia la que estaba orientada la ventana de su dormitorio estaba plagada de personas, todos los que, como su dios y señor había ordenado, descansaban al séptimo día. Era verano y los bares que aprovechaban el espacio de la plaza estaban a reventar. Los viejos se tomaban un café, un orujo o un té, mientras sus hijos comían hasta saciarse y bebían cervezas, whisky y ron mezclados con todo tipo de refrescos gaseosos, y los hijos de sus hijos corrían, saltaban y no paraban de reírse, enfrascados en distintos y muy inocentes juegos, los pocos juegos que habían podido aprender a lo largo de sus cortas vidas.
Hugo se levantó de la cama, se vistió y acercándose a la ventana, subió la persiana y asomó la cabeza hacia fuera, algunos rostros se giraron hacia él; los que más se aburrían y esperaban encontrar una distracción, y con suerte algo de diversión con algún personaje peculiar o extravagante que atravesase su ángulos visual, en el fondo no les importaba, solo suplicaban una excusa para dejar de pensar en "lo de siempre" . A Hugo se le abrió el apetito al ver los exquisitos platos de las elegantes mesas de los bares típicos madrileños, servidos a unos comensales tan exclusivos como expertos en degustaciones culinarias.
Después de pasar por el cuarto de baño, decidió comer en un restaurante chino bastante habitual en su dieta. Salió de su casa y echo a andar por las calles poco pobladas de su barrio, sin prestar atención a nada de lo que le rodeaba.
Al llegar al restaurante, no le importó el sofocante calor que había dentro y se sintió aliviado al ver que casi vacío, el bar parecía dormir dentro de una burbuja de calma tántrica, ayudaba la música chill-out que sonaba a un volumen apaciguador. Pidió una cerveza y prendió un cigarrillo mientras la esperaba. Viendo el menú, optó por la ensalada con gambas de siempre, y el cerdo agridulce de las últimas visitas, apuró la cerveza mientras llegaba el primer plato, y pidió otra.
Comió con lentitud, saboreando la comida y la bebida, mientras escuchaba de fondo, por encima de la música, algunas historias que intercambiaban las pocas personas que estaban comiendo allí a esa hora. Historias normales y corrientes, sobre viajes con compañeros de estudios, problemas amorosos y de vez en cuando observaciones atrevidamente filosóficas, para lo superfluo de sus diálogos. Hugo escuchaba y sin criticar, analizaba lo que alcanzaba a oír, esperando encontrar una frase rompedora, una frase con un contenido tan profundo que nadie de los que estaban allí excepto él fuese capaz de comprender, que le inspirase por fin para cumplir su sueño de ser escritor. Acabó toda la comida y la cerveza, pidió un café y prendió otro cigarrillo, la frase no llegó. Se levantó de la mesa, pagó y volvió a su casa, pensando en lo poco inspiradora que es la gente normalmente, tal vez debería crear él mismo las situaciones en los momentos adecuados para inspirarse, quién sabe. Pensando en esto, puso en el reproductor un disco al azar y se tumbó en la cama, ¿en qué distante y misterioso rincón de su vida podría estar escondiéndose esa inspiración que tanto deseaba que le llegase?. Sonaba el disco Numb, de Portishead, y Hugo empezó a caer en un trance embriagador de pensamientos incoherentes, imágenes desenfocadas; paisajes de fuego y cenizas, criaturas amorfas que se arrastraban por el suelo sobre babas viscosas de tonos indefinidos, implorando dejar de ser...

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